viernes, 13 de abril de 2012

¿ Es lo mismo educar que enseñar ? ¿Se puede enseñar sin educar?


EDUCAR, ENSEÑAR Y EL TERCER ELEMENTO

Las preguntas que encabezan esta reflexión, si duda, han preocupado al ser humano desde hace siglos. Formar a las generaciones que vienen en las destrezas primordiales y los valores culturales que han propiciado la sociedad de sus mayores ha sido, a la vez, un imperativo y una esperanza.
Sin embargo, al ser rigurosos, notamos una variación de sentido, aparentemente significativa, entre ambos términos. Enseñamos a un niño a caminar, pero no significa que con eso ya sea diestro para discernir dónde le es permitido entrar y dónde le está vedado. Le enseñamos a un niño los trazos de la escritura, pero eso no significa que se vaya a mantener dentro de la norma culta de su lengua. Enseñamos a leer, mas eso no implica que ese individuo se vaya a mantener dentro de los parámetros que, según su edad, su estrato social o la ideología del momento le permita. Así, ambos términos parecieran ser, sin duda, hermanos gemelos con diferencias reveladoras.
Se pueden enseñar destrezas, pero la sociedad se encarga de poner los límites que educan. Así como al pequeño que toma su lápiz y, después de rayar las paredes de su casa, se le regaña para que aprenda a no repetirlo; así se nos van colocando murallas más o menos evidentes a lo largo de nuestra vida por medio de una educación institucionalizada o no.
En la escuela actual, seguramente enseñamos cómo manejar una computadora; cuál es la geografía mundial; qué es un recurso natural; cuáles son los derechos humanos; las reglas de ortografía; la composición orgánica de los cuerpos; el contenido genético de una célula; los derechos del trabajador. Pero, sin duda alguna, debemos educar sobre los peligros potenciales del uso de la internet, la problemática mundial a raíz del encarecimiento de los recursos, la ética en el manejo de la información, la propiedad de la escritura y la responsabilidades que debemos asumir sobre lo que escribimos en las redes sociales o, por ejemplo, las implicaciones éticas de la clonación, el trasiego de órganos o la trata de blancas.
Vemos entonces que, enseñar sin educar no tiene sentido, pero menos si no logramos que se aprenda. Podríamos afirmar que estos incómodos hermanos, enseñar y educar, generan a su vez un trillizo tardío: aprender, el cual los conciliaría diciendo: No se cansen de actuar, ya llegué yo a generar una dinámica que, probablemente, no conocerá nunca el fin.


No hay comentarios:

Publicar un comentario